Vivir en la caserna

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La fortaleza de Hostalric no fue pensada para albergar un gran contingente de soldados, pero la Guerra de la Independencia y la importancia estratégica de la plaza forzó a aumentar considerablemente sus efectivos. De unos cientos pasaron a más de dos miles durante el asedio de 1810.

Un informe del ingeniero Carlos Francisco Cabrer, de 1809, constataba la falta de espacio para los defensores, que les obligaba a aprovechar todo tipo de espacios.

Si las estancias lo permitían, los soldados eran acuartelados por compañías. En caso contrario, por unidades menores, como en esta cámara donde nos encontramos, convivía una escuadra -unos 8 a 12 hombres. Ésta era la unidad más pequeña de tropa y la comandaba un cabo.

Juntos dormían, comían, cocinaban, limpiaban el armamento o arreglaban su ropa y equipamiento. Sus pocas pertenencias se guardaban aquí también.

El cabo era el responsable directo de sus hombres. Tenía que preocuparse de instruirlos como soldados, de mantener la disciplina y la correcta uniformidad, del mantenimiento del armamento y equipo, de repartir tareas y de asegurar la alimentación. Cualquier anomalía o falta debía comunicarlo a su sargento y no hacerlo era penado. Los cabos se distinguían, entre otras cosas, por la vara de madera con la que estaban autorizados a golpear a los soldados en caso de una desobediencia grave.

Este escrito del “Prontuario” nos da información, no sólo de algunas de las obligaciones del “cabo”, sino del espacio de vida de los soldados:

“El Cabo cuidará de que la parte del Quartel, que corresponde á su Esquadra, esté con el mayor aseo, las armas puestas en la mejor forma, las mochilas colgadas: que no se pongan clavos en la pared , sin licencia de su Capitan; y que las mesas, bancos, tinajas, ollas, tapaderas, y demas muebles que hubiere, se tengan limpios, y cuidados.

El Cabo vigilará que su Esquadra reciba la leña, camas, y aceyte que le corresponde; que se muden las sabanas cada mes, y que toda la ropa que le entregare la Provision sea de recibo.” (Prontuario, pág. 82)

A diario se designaba un cuartelero y un ranchero para realizar las tareas de servicio. El Prontuario define perfectamente las obligaciones de ambos:

“(el cuartelero) Barrerá la Quadra en que está su Compañía, no dexará sacar arma alguna sin licencia de su Oficial , Sargento ó Cabo , embarazará que los Soldados se entretengan en juegos prohibidos , y que ninguno tome ropa de mochila ó maleta , que no sea propia, ni que esta la saque fuera del Quartel sin licencia del Sargento ó Cabo: cuidará que las camas se levanten á la hora señalada , y que las lámparas no se apagen despues de encendidas hasta amanecido.” (Prontuario, pág. 9)

“(el ranchero) debe ir á comprar , con su casacon de lienzo , y gorro de Quartel, lo que necesitare para su rancho de mañana y tarde , lo que tendrá pronto á las horas señaladas 2, será de su obligacion entregar con liempieza las ollas, tapaderas, y demas vidriado en que coma la tropa, como apagar los fogones.” (Prontuario, pág. 8)

Los sargentos y oficiales dormían y comían en estancias separadas y estaban liberados de todo trabajo doméstico. Era habitual que vivieran incluso fuera del acuartelamiento, en casas del pueblo.

El sonido de los tambores marcaba el ritmo diario. “Al romper el día”, es decir al amanecer, tocaban “diana” y los cabos se aseguraban de que todo el mundo se alzara, pasaban lista y controlaban que los soldados se lavaran la cara y las manos. Una vez ordenada la estancia comenzaban los trabajos diarios.

Los soldados a los que les tocaba guardia o servicio de otro tipo se marchaban a los respectivos destinos. El resto hacía instrucción. En la forma de combatir de la época, en formaciones cerradas y compactas, la precisión en todos los movimientos era vital, y se ejercitaban hasta que salieran mecánicamente. La disciplina era férrea. A la instrucción diaria en el acuartelamiento se añadían las marchas y maniobras en el campo.

Dos veces al día tocaban “fagina”, indicando las dos comidas diarias. Uno estaba por la mañana, antes de empezar las actividades y el otro por la tarde. Los rancheros debían preocuparse de que la comida estuviera preparada a la hora señalada.

Los soldados españoles rezaban dos veces al día:

“35 El (sargento) que fuere destinado para el cuidado del Quartel , juntará la Compañía en el intermedio de la Lista de la tarde á la Retreta , para el Rosario, sin mezcla de canto en él, ni para gozos, ni otras oraciones, pues todo ha de ser rezado con devocion, y tono reverente.” (Prontuario, pág. 225)

Después de la segunda comida del día venía la hora del ocio. O bien en las improvisadas cantinas de las compañías o en las tabernas de los pueblos, los soldados intentaban “ahogar las penas” del día, hasta el toque de “retreta” en que todos -oficiales de servicio incluidos- debían estar dentro del acuartelamiento.

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