Las mujeres y el ejército

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Con la excepción de los tres primeros años de la Francia revolucionaria, en los ejércitos las mujeres no eran admitidas como soldados y escasamente como acompañantes. Si lo eran, debían hacerse valer, cocinando, lavando y cosiendo ropa y consiguiendo alimentos de los sitios por los que pasaban.

En Gran Bretaña, con un ejército mayoritariamente profesional, el número de soldados casados ​​era mayor. Los solteros debían recibir el consentimiento del coronel para contraer matrimonio y las autorizaciones eran muy limitadas. Las esposas recibían media ración y podían vivir con sus maridos e hijos en el cuartel, pero compartiendo el mismo espacio que todos los demás soldados de la compañía. Las mujeres de los soldados, al margen de los trabajos para su familia, debían lavar y coser la ropa de los sargentos, y las de éstos, la de los oficiales. Normalmente también cosían y lavaban para otros soldados a cambio de una pequeña compensación. Para todas las mujeres, casarse significa formar parte del regimiento, con las ventajas, pero también los inconvenientes. El orden jerárquico militar, la disciplina, la falta de privacidad… les afectaba a todas.

Al marcharse a una campaña, el número de esposas admitidas a embarcar con el regimiento era de 6 por compañía. Al resto se les daba una pequeña cantidad para que pudieran regresar a sus hogares. Luego quedaban sin más ayuda. Para las autorizadas, las condiciones de vida eran tan duras o más que las de los soldados.

En Francia, un decreto de 1793 y otro de 1809, limitaba la presencia femenina a las mujeres enroladas como vivandières o cantinières y su número correspondía aproximadamente a 1 mujer por cada 170 hombres. Eran consideradas parte del ejército y recibían una manutención. Se les daba una placa o medalla acreditativa, con un número y se llevaba su registro. En el ejército imperial solían ser la mujer de algún suboficial. Se daba preferencia a mujeres casadas y con hombres pertenecientes al regimiento. Al morir el marido solían mantener su trabajo como viudas regimentales.

Por el contrario, en España las mujeres no eran aceptadas como parte del ejército. Los soldados podían casarse solos con el consentimiento de sus superiores, si no querían incurrir en un delito penado:

“P. Qué pena tiene el Soldado que ha contraido obligacion de casarse sin permiso de su Xefe?

R. La de ser destinado á uno de los Regimientos fixos de Orán ó Ceuta , y servir en él seis años.” (Prontuario, pàg. 65)

Los gobernadores de plaza tenían potestad para decidir si las esposas eran aceptadas en los acuartelamientos pero era muy raro. Probablemente en Hostalric no lo fueran.

Al marcharse los regimientos a las campañas, algunas mujeres seguían a sus hombres sin autorización, pero la mayoría quedaban en casa esperando la poco probable llegada de ayuda económica de sus maridos. Las viudas e hijas de los caídos recibían extraordinariamente alguna mísera pensión.

La mayoría de ejércitos arrastraban detrás a hombres y mujeres civiles que ofrecían servicios a la tropa. Improvisadas tabernas, bajo encharcados o pajares, proporcionaban alguna comida de más o un vaso de vino o aguardiente con el que olvidar las penurias de la guerra. Naturalmente, la prostitución también era parte de ella. Si bien no estaba autorizada, sí consentida por las autoridades.

Desgraciadamente, como en todas las guerras, las mujeres tuvieron que sufrir los excesos de las tropas enemigas e, incluso, de las amigas. Los ejércitos prohibían ese comportamiento tácitamente, como refleja el manual español:

“P. Qué pena tiene el que forzare muger honrada , casada , viuda , ó doncella?
R. Será pasado por las Armas.”(Prontuario, pág.65)

Pero el control de las tropas, especialmente después de una sangrienta batalla no era siempre posible o, tristemente, no era la primera prioridad de los mandos. Los saqueos y violaciones fueron parte de los desastres de la guerra.

Pero algunas mujeres sí participaron de forma directa en el combate. Un ejemplo notorio es el de la Compañía de Santa Bárbara, una unidad de 200 mujeres que se organizó en Girona durante el asedio de 1809, y que participó proveyendo munición y socorro a los soldados. En otros casos, en otras poblaciones sitiadas, como Zaragoza, si bien no de forma tan organizada, muchas mujeres realizaron estas tareas de intendencia y auxilio e incluso tomaron el arma de un caído para defender su hogar.

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